Arte de Yasmina Reza

Leer a Yasmina Reza es una manera de reconciliarse con el mundo. Porque hace de la capacidad de reírnos de nosotros mismos una habilidad que parece natural, simple, sencilla.

Es una genialidad la manera narrativa de ponernos un espejo ante nuestras narices, para que perdamos la vergüenza de mirarnos y vernos con nuestras miserias y nuestras grandezas.

Eso es cada uno de los relatos que he leído, y este no podía ser menos.

Arte es la confrontación del ser humano hasta la estupidez de la apariencia, de lo que parece que es y no es, unos amigos se reúnen para ver la nueva adquisición de uno de ellos. Una “obra de arte”.

Aquí me gustaría recordar la famosa obra de arte que se llamó Mierda de artista (Merda d’artista) de Piero Manzoni. La “obra” consiste en 90 latas cilíndricas de metal de cinco centímetros de alto y un diámetro de seis centímetros y medio que contienen, según la etiqueta firmada por el autor, Mierda de artista. Contenido neto: 30 gramos. Conservada al natural. Producida y envasada en mayo de 1961.

Teniendo esto en la cabeza y sin ánimo de destripar (o hacer spoiler) a la historia, por el camino, serán capaces de sacar a pasear todas las caras que tienen, la amable, la condescendiente, la agresiva, la violenta,…

Un paseo por la psicología del ser humano, con una capacidad irónica que provoca risas, aunque en el fondo quepa la duda de si te ríes de ti mismo.

Muy recomendable, el libro y la obra de teatro.

Entropía (Medida del desorden de un sistema) Asun

Estoy pensando ir mañana a la peluquería. Comprarme un vestido. Tendrá que ser negro. No hay más remedio. Mariano siempre jodiéndome la vida, incluso muerto. Está Felipe con él. Podría estar Carlos  pero anda de crucero, de negocios dice él, a mí no me cuadra. En el periódico dicen que es poco menos que un capo mafioso. Mi hijo. Ja. Felipe estará perdido, allí. Yo quería ir, claro que si hubiese ido tendría que reconocer que ya sabía que su padre era un putero. Le veo allí en la casa de campo intentando coordinarlo todo sin tener ni la más remota idea. No tiene la soltura del mayor, le mimamos demasiado, entre todos. Y de pronto, zas, tiene que crecer de golpe. Espero que Mariano tuviese los pantalones puestos.

Llamaré a Petra y Lucila para decirlas que el café de mañana lo pasamos a otro día. Pasado mañana mejor. Me voy a apuntar al curso de vinos del centro de mayores y a la gimnasia en el Retiro, y… no recuerdo que más me apetecía, tantas cosas, debería haber escrito una lista. Lo tenía subrayado en la hoja que traje aquel día, creo que la tiró Mariano. Iré de nuevo a preguntar y según llegue, en la recepción me apunto.

Siento alivio, no sé cómo sabe la libertad pero debe ser algo parecido a esto. 40 años de dictadura, a la que una se acostumbra para sobrevivir y luego ya no sabes dónde tienes los pies. No es mi caso. Estoy deseando arreglarme y salir a celebrarlo, sin que se note, al menos ciñéndome al guion de viuda como antes me ceñía al guion de casada. Tengo ganas de beber una copa de vino, esa me la puedo beber. La niña quiere venir a fastidiarme la fiesta, le he dicho que mejor se quede en su casa, con su marido y su hija. Por fin, sola en casa. Voy a brindar por mi libertad, no me importa tener 70 años, me la he ganado a pulso.

Película argentina-venezolana El patrón. Radiografía de un crimen de Sebastián Schindel

Esta película es un tesoro de esos que encuentras por casualidad, no solo por las inmensas interpretaciones, de una naturalidad que atrapan. O por los decorados o localizaciones. Ni por el aparentemente sencillo juego de cámara, ni por el guion basado en un hecho real bien armado y bien narrado que hace que la historia se cuente sin estridencias precipitando un final previsible y sorprendente a partes iguales.

Es una de esas joyas del cine por todo lo que he dicho y porque te golpea la conciencia con la suavidad del buen cine, al terminar de verla te invade una sensación como de haber hecho un viaje personal a las cloacas del mas abyecto comportamiento humano. Aviso a navegantes, no sales indemne del mismo. Muy recomendable.

Si ahora no, ¿cuándo? Primo Levi

A veces las novelas te sorprenden por motivos que no aciertas a comprender.

Esta relata la historia de un grupo humano, partisanos, la mayoría judíos, que huyen durante años a través de la Europa sumida en la II Guerra Mundial.

Refugiados, repatriados, riadas humanas huyendo de la Guerra. Tampoco suena tan lejano ¿no?

Las relaciones humanas que se desarrollan, los conflictos, demasiado humanos que en el marco de ese otro inmenso conflicto armado al que se han visto arrastrados esos ciudadanos de a pie van tejiéndose en ese entramado, esa historia bien montada y contada y no sólo por la facilidad de narrar de manera plástica, como si vieses una fotografía del conflicto, de la Guerra y de la batalla por la supervivencia que les lleva desde los pantanos de la Polesia, en la Rusia Blanca, a través de una Europa arrasada por la guerra, con la esperanza de poder ir a la Tierra Prometida, básicamente porque no tienen hogar al que regresar, porque después de la Guerra, o a pesar de ella, el odio es lo único que sobrevive indemne en Europa. Lo que cuenta entre lineas es el complemento a una historia contada de manera que te atrapa sin dejarte escapar.

Sin embargo, también se dan muestras de lo mejor y lo peor de la conducta humana.

Con esperanza, lo único que no abandonan en el camino. Ni la esperanza, ni pierden el grupo de partisanos, por muy duras que sean las condiciones, porque nadie se lo quita, la humanidad.

Me parece un libro altamente recomendable.

Entropía (Medida del desorden de un sistema) Felipe

La llamada me pilló por sorpresa. Al principio no reconocí la voz femenina, luego tampoco. Esperaba que me llamase Daniela, no sé si aquella noche lo hizo. Llevaba demasiado tiempo sin hablar con ella, desde la última vez, donde habíamos terminado enfadándonos como bestias.

Al identificarse como policía la voz del otro lado del teléfono, todo pareció ir a cámara lenta, la vida pareció ir al ralentí. Incluso después de terminar, me sorprendí con el teléfono todavía en la oreja, apretándolo con fuerza, hice tanta presión, que al bajar la mano noté la forma del aparato tatuada. Había habido un accidente, dijo, debía ir a la casa de campo, mi padre estaba allí.

Dejé todo y volví a Madrid, en la moto no me llevo mucho tiempo, o tal vez fui demasiado deprisa, no lo sé. Era difícil perderse, me había indicado el punto exacto, donde estaban las putas, lo conocía de sobra. Al llegar una doctora me informó de todo lo que estimó que debía saber, mi padre había sufrido un infarto del que no se había recuperado. Estaba en medio de la casa de campo, junto a la ambulancia, una puta. Até cabos. No fue difícil. Me acerqué para preguntarle si mi padre le había pagado sus servicios. Nunca hay que dejar transacciones a medias. El hombre de la ambulancia vino por detrás y me preguntó si estaba bien, también se lo preguntó a la mujer.

Ella contestó que tenía que irse a trabajar. No sé cuántas horas llevaba allí. La dijeron que la llamarían, que podía irse, se levantó con paso tranquilo y se fue a poco más de 500 metros. Pensé que era un cambió de acera para tener otra perspectiva de lo que ocurría a este lado, el de la ambulancia, sin embargo fue una política empresarial que dio sus frutos, al poco se subió al coche de otro cliente. Mi cabeza no deja de ver nichos de mercado en cualquier circunstancia, tengo una mente privilegiada para los negocios.

La pregunta de si estás bien cuando vas a recoger a tu padre muerto en un parque público, en la zona nocturna dedicada a la prostitución me pareció fuera de lugar. Me lo preguntó el hombre de la ambulancia. Es lo que pasa cuando te rodeas de mujeres, te vuelves gilipollas. No dije nada, los hombres no expresan sus sentimientos en público y mucho menos yo, que soy un excelente consultor. Un hombre hecho a mí mismo. Hablé con mi madre y con mi hermana, no las dejé venir, ellas no lo soportarían y yo no las soportaría a ellas llorando. La noche prometía ser muy larga.

Mi hermano estaba de crucero al otro lado del mundo, uno de esos cruceros tan exclusivos como costosos. Somos gente que sabemos disfrutar de los placeres de la vida.

Como ocurrió a esas horas nocturnas, aunque podíamos decir que era de madrugada cuando llegué yo, hubo trámites que se pospusieron a las 9 de la mañana. Esas horas aparecen borrosas en mi memoria. Había más gente, creo, no recuerdo bien.

Toda aquella escena fue irreal. Me acerqué a ver a mi padre, le quité la sabana que le cubría,  parecía estar dormido, tenía un gesto tranquilo, me dio por pensar que era el más tranquilo en aquella situación, le pasé la mano por el pelo porque la raya se le había movido, necesitaba un peine, estuve por pedirlo pero sentí que era algo ridículo, lo debía cubrir de nuevo con la sábana al acabar, se iba a despeinar de todos modos, le abotoné bien la camisa, incluso se la planché con la mano dejando bien visible el logotipo. Estaba orgulloso de las marcas de ropa que se compraba. Ese era mi padre, comprando ropa cara y putas baratas. Un empresario de éxito, un español, empresario de éxito. Me entró un sentimiento patriótico indescriptible. No sentía pena, solo un orgullo patriótico. Le subí la cremallera del pantalón, se notaba que no lo había hecho él, la tenía pillada con el calzoncillo. Alguna de las tres mujeres, o la puta o la policía o la médico. Era un trabajo chapucero. Me costó bajar la cremallera y volverla a subir. Mentalmente a la par que le adecentaba, pensé en la gente a la que tendría que llamar. Me di cuenta que podía hacer una cadena, llamar al secretario del Ministro y dejarle a él que se ocupase. Era un profesional competente. Hombre competente. No como las mujeres que tenía cerca, la doctora y la policía. Parecían querer consolarme mientras hacían su trabajo. La única que entendía como funcionaba el mundo era la puta. Su trabajo no implicaba consuelo emocional ante el fallecimiento de un cliente a la familia del difunto. Se había ido tan pronto como había podido. El resto de mujeres sin embargo revoloteaban alrededor mío o de mi padre, lo mismo daba.

Le toqué la frente. Estaba frío, por instinto le tapé con la sabana. Noté que me abrazaban a medias, uno de esos abrazos que se utilizan en los negocios para llevar a alguien a la sala de reuniones o los que utilizas cuando quieres que se vaya de tu despacho el exempleado que hace un instante trabajaba contigo. Abrazo aséptico para controlar la situación. Me dejé llevar a un lado. Noté como subían la sabana y le cubrían entero. No dije nada, pero me pareció prematuro y con poco tacto. Creo que lo hizo la doctora, podría haber sido la policía.

El teléfono no paraba de vibrar, lo había silenciado y lo notaba como si tuviese vida propia, ronroneaba. Miré quien llamaba. Mi hermana. Ya contestaría luego, cuando hubiese armado bien la historia. Cambiar el escenario y algún personaje, la puta reconvertirla en un ministro o empleado público de un ministerio, para no levantar sospechas. En lugar de un parque, un restaurante, el privado de un restaurante. Seguía pensando cuando llamó mi hermano, descolgué.

 

Película norteamericana El renacido (The Revenant) de Alejandro González Iñárritu

Tengo en la cabeza la potencia de Amores Perros, la sorpresa, la grotesca realidad que muestra sin pudor, como en una disección del alma humana. Y los actores de aquella memorable película que me dejó con un nudo en el estómago.

Tengo tan bien en la cabeza las críticas después de los oscars de esta cinta. La magia del celuloide, con la gestión de cámaras de González Iñárritu. La sobrecogedora fuerza de los paisajes frente a lo pequeño (y destructivo) del ser humano.

Leo ejecuta su papel como un buen profesional.

La música encaja como un guante en esas imágenes de documental sobre la naturaleza, que te deja a ratos sin palabras. Y estás allí en esos paisajes helados, eso lo consigue sin problemas. Lo que no conseguí, fue meterme en la historia tan bien. Seré yo que ando descentrada porque no voy a empezar aquí a decir es el guion o el personaje. Confieso que el final no me lo imaginaba tan previsible, cada escena pensaba, no va a pasar así y pasaba y ojo el buen cine admite esto y mucho más, por citar podría citar cualquiera de Hitchcock, donde el suspense, y el enganche del espectador no decrece pese a intuir lo que va a ocurrir, porque no es la sorpresa de lo que va a pasar, te sorprende como pasa. Y lo hace, por eso creo que es buen cine, porque esa sensación la consigue cada vez que ves la película, y por eso las de Hitchcock se dejan ver una y mil veces.

En esta película no ocurre así, estaba esperando el final, porque hacia un buen rato que las escenas de la naturaleza no despertaban mi curiosidad y la historia del protagonista tampoco.

La del Renacido, la he visto y no creo que la vuelva a ver.

Dicho esto que se siga haciendo cine, por favor.

La gente feliz lee y toma café de Agnès Martin-Lugand

Me desvelé, pasé una noche de mierda, no podría suavizarlo. Esas noches en las que cierras los ojos para abrirlos un momento después, un tiempo que consideras eterno y apenas pasaron minutos, y ves pasar las horas de madrugada, hasta que pasa la hora bruja, y no porque se produzca ningún hechizo, sino porque es la hora en la que no vas a cerrar los ojos y dormir plácidamente, solo vas a cerrarlos para dormir a saltos para despertarte a golpe de móvil.

No es una excusa, no me voy a justificar, leo literatura fast food,  o como la comida rápida, hay un tipo de literatura que me permite dejar de darle vueltas a la cabeza y conciliar el sueño, por el sopor que me produce, porque puedo leerla sin que me exija ninguna atención. Es como esos programas de televisión de antes que servían para echarte una siesta porque cumplían los dos requisitos imprescindibles, tenían un periodista o una periodista de raza (aunque nunca descubrí en qué consistía eso) de los que se autoescuchaban con un tono de voz monótono que permitía una siesta perfecta.

Este libro lo leí de madrugada insomne. Es un fast food hecho novela.

La resumo en una línea esta historia es como de las de Corin Tellado modernas. Tendrá su público, no soy yo.

Película chilena El Club (The Club) de Pablo Larraín

El buen cine raspa, como una lija. Y esta película raspa desde el principio, la temática, la manera de narrar, la violencia verbal, la física, la aparente tranquilidad de la vida de un pueblo en mitad de la nada que encierra el secreto de la Iglesia católica en la representación de cuatro curas y una monja, como un veneno encerrado en una casa al lado del mar. Un grupo variopinto que viven allí, por diferentes motivos, raptos de bebe, pederastia…

Esta cinta se ciñe como un guante a una realidad bastante incomoda, la de esos seres humanos que han cometido crímenes y quedan al margen de la justicia, de cualquiera humana y divina (para los que quieran creer en ella).

Raspa la historia y su final que estalla como la realidad, como una bomba lapa que vas sintiendo desde el inicio, estalla brutalmente y queda suspendida en los títulos de crédito mientras la musicalidad de las palabras te atrapa. Por la letanía conocida, por el ritmo monocorde que se filtra, sigue filtrándose a pesar de haber terminado de contar. Hasta los títulos de crédito finales te golpean a traición.

Porque muestra una realidad sin dobleces, sin maquillaje y sobre todo, en este caso, no deja espacio a la esperanza (porque la realidad no ha dejado sitio a la esperanza).

Imprescindible.

Entropía (Medida del desorden de un sistema). Ramón

Llegamos a la casa de campo pasada la media noche. Íbamos los tres de siempre, Jaime conducía, Laura, la médico y yo. Las calles estaban vacías, Madrid algunos días parece, como aquel puente de agosto, una ciudad fantasma, pusimos la sirena, más por costumbre que por necesidad. La ambulancia tenía ese olor que me hacía sentir en casa, incluso el uniforme me daba seguridad. Laura bromeaba con Jaime por cualquier cosa, a veces tiramos de humor negro para sobreponernos, fuera de nuestro circulo laboral no lo entienden. Nuestra vida parece dividida en dos, separadas por una falla, a tu entorno más cercano no le hablas de muertos, ni heridos, ni enfermedades y sin embargo nosotros que estamos mirando a la cara a la enfermedad, le ponemos cuerpo y tono de voz o su ausencia, usamos bromas como medida de protección, si te ríes no te hundes. Esa noche era humor para todas las edades. Les oía de fondo, como el gps, como la radio de algún vecino que se cuela por las ventanas, oír sin escuchar.

Recibimos el aviso, la dirección y usamos el gps, Laura es una obsesa de las localizaciones y las coordenadas. Tiene ojo para el detalle. Jaime sabía ir con los ojos cerrados y yo también, aunque nos dejamos guiar por la aséptica voz del aparato.

Una parada cardíaca, varón, blanco, 70 años.

Las bromas sobre niños y padres quedaron congeladas cuando se abrió la puerta de la ambulancia y descendimos con el equipo. La reanimación la hicimos como aquella noche pusimos la sirena, en este caso por costumbre y protocolo y por la mujer que nos miraba con ojos que parecían ver el interior. Ojos que lo habían visto todo, incluso en la oscuridad de aquella noche.

Al sacarle del coche, del asiento del conductor,  le subimos los pantalones y lo tumbamos en la camilla.

La ambulancia parecía una caseta de feria destartalada donde poco a poco fueron congregándose más gente, curiosos, policías,… seguir el protocolo era entretenido y me permitía no pensar mucho. Los primeros años miraba a la gente y les inventaba unas vidas, más allá del momento que compartíamos. Sobre todo a los vivos que se arremolinaban, la muerte tiene algo de imán para los vivos, como si nos asomásemos a un abismo y de pronto descubriésemos que los pies todavía están en tierra firme. Ese contacto de los vivos con la muerte, hacía que de pronto recuperases las ganas de vivir o lo contrario. Nunca se sabía, cada uno se asoma a sus abismos personales de manera personal e intransferible.

La mujer de los ojos que lo habían visto todo, se identificó como Yumara, le pedí que lo deletreara. Al hombre lo identifiqué por su cartera, Mariano. Una policía llamó a sus contactos y les pidió que se acercasen. El hijo mayor estaba en un barco en mitad de ninguna parte, aunque cuando descolgó indicó hasta las coordenadas donde se encontraba el crucero. Cuando pudo hablar Luisa,la policía, le explicó que necesitaba que viniese alguien. Le facilitó otro número de teléfono. La conversación fue más o menos la misma, solo cambió el nombre de pila del interlocutor del otro lado.

Rellené la ficha, mientras Laura cubría a Mariano y se acercaba a Luisa para indicarle que el paro cardíaco no tenía reanimación posible. Pensé que el hombre había muerto haciendo algo que le había dado placer. También pensé en Yumara tenía uno de los trabajos más tristes del mundo. A ella me imaginé que le había dado asco en proporción inversa.

A pesar de estar rodeados de gente, la soledad parecía colarse por todos los rincones.

Tocaba esperar, al juez, al familiar, en Madrid durante el puente de agosto, podría ser un par de horas o más. Con suerte, este sería nuestro último aviso esta noche.

Le había prometido a Nieves desayunar juntos, llevar churros y porras. Olerla el pelo antes de que se fuese a trabajar. Andábamos con los turnos cambiados, la vida vuelta como un calcetín. Ella me sonreía y me decía que así no teníamos que planificar ningún método anticonceptivo. Y a mí a veces me daba pena, una pena infinita, y entonces las noches que me tocaba trabajar en ese estado me encontraba ausente. De cuerpo presente y cabeza ausente, como bromeaba Jaime cuando me veía.

Nieves y yo andamos juntos desde críos. Una noche de nuestra adolescencia ella se acercó y me habló de la termodinámica y yo no entendí nada, no se lo dije, seguí el consejo de mi amigo Rafa, tenía un método infalible para seguir una conversación, consistía en repetir la última frase de la persona que te hablaba y añadir, que interesante. Lo hice, y además incluí una frase mía, cosecha propia, al que interesante lo completé con un cuéntame más. Desde ese día me siento un farsante. Creo que si hablamos mucho Nieves va a descubrir que no entiendo nada de lo que me dice. Después de todo no esta tan mal que nos veamos poco.

Película norteamericana Captain Fantastic de Matt Ross

El guion es bueno y lo dirige la persona que lo escribe, sabiendo transmitir las ideas. Los actores hacen muy bien sus papeles. Los niños & adolescentes están soberbios. Y el resto de actores adultos.

Un padre con hijos pequeños y adolescentes vive en medio de un bosque en EEUU y concibe la vida allí como un proyecto que está llevando a cabo junto a su mujer. La desaparición de ella hará que tomen contacto con el mundo del que han decidido vivir aislados. El choque como los grandes choques galácticos entre planetas provocará un cataclismo que le hará replantearse ese proyecto/modelo vital.

Es una película que tiene la capacidad de ser tan compacta, que incluso lo que podría entenderse como debilidad de guion se convierte en una forma narrativa sin fisuras. Los paisajes, la música, son otros personajes de la historia, que está cuidada al detalle con esmero de artesano. Como ejemplo, al terminar en los títulos de crédito la música que acompaña hasta que aparece la última letra.

Muy buena, de esas películas que te hacen reconciliarte con el cine en los momentos de crisis.